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jueves, 21 de enero de 2016

Torcidos


No recordaba nada de lo sucedido la noche anterior; tenía una resaca espantosa. «Otra vez no», imploró. Abrió el orbe y echó una ojeada. Suspiró aliviado; apenas unas distorsiones en el espacio, el tiempo y la razón. Tchaikovski pretendía tocar leyendo un tablero de ajedrez, y Kasparov movía peones sobre un pentagrama. Arregló el entuerto compensando a ambos con la esencia de la genialidad.
Se juró a sí mismo que jamás volvería a beber. En esta ocasión había convertido a dos hombres en virtuosos, pero a la primera juerga, aquella del Big Bang, Dios todavía intentaba encontrarle un remedio.


Con este relato he conseguido superar la 1ª Ronda de la Copa de Esta Noche Te Cuento. Como fuente de inspiración había que usar la curiosa foto de Madoz.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El faro



Desde que te fuiste, cada noche dejo encendidas las luces de nuestra buhardilla; las más cercanas al cielo. Por si decidieras volver.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El elegido



—Tengan piedad, Sus Altezas, de este siervo de Dios cegado por la arrogancia. Quise ser inventor, como Leonardo, y grabar también mi nombre en la Historia; pero, como dice mi buena esposa, ni de forjar dagas rectas soy capaz.
—Herrero —contestóme Isabel—, veinte jornadas han pasado desde la partida del almirante. Ora para que tengamos presto noticias suyas, o pagarás con tu vida el dispendio de esta corte.
Volví a la fragua guiado por los pescozones de mi señora. «Te dije que olvidaras esos estúpidos cachivaches», gritaba. Maldito el día en que fabriqué una brújula para aquel navegante genovés.

Relato finalista del III Certamen de microrrelatos históricos Francisco Gijón.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El pecador


En el día dieciséis del sexto mes del año 1212 de Nuestro Señor Jesucristo, golpeaba yo con la vara a un olivo cuando la ventura viró mi existencia hacia los ardientes reinos del averno. O, al menos, eso aseveran los religiosos, y bien que agradezco yo su merced al preocuparse por mi alma, que poco tiempo me queda a mí después del laborar como para atender a los cometidos del espíritu.  Resultó que en aquella fecha, absorto como estaba en el atizar, no me percaté de que yacía en el suelo el cuerpo herido de un guerrero, con tan mala suerte que tropecé al pisar su pecho, con gran alarido por su parte. Me habló de una batalla que estaba teniendo lugar allá en Santa Elena que iba a llevar el recuerdo del ejército cristiano a los confines de la eternidad. También me contó sobre el enemigo almohade, de su juramento ante Dios, que era un cruzado, y otras historias rimbombantes, que si le llego a dejar platicar a su gusto, me cantaban los gallos. Yo, mientras, examinaba su cota, poco atento a la perorata, y pensaba en las miles de olivas que habría de recoger para ganar los maravedíes que por esa pieza me ofrecerían en el mercado. Así pues, tras asegurarme de que no había compañero alguno en las inmediaciones, cogí mi vara y golpeé como un demonio al moribundo, haciéndole gran favor a los oídos de la cristiandad, que hubiera jurado que, mientras lo mataba, aquel hombre seguía dándole uso a la lengua.
Con mucho susto me recibió mi señora esposa cuando me planté frente a ella ataviado con aquel armazón, para gran regocijo mío, que consideré el disfrazarme un gesto de gran chanza, cuando unos golpes se escucharon en la puerta. Un sacerdote gordo, mofletudo, con una papada que podría esconder a un jilguero, se adentró entre sudores en mi hogar. Empezó a gritar que era una deshonra para Dios y que gracias podía dar Nuestro Señor de que él persiguiese hasta los extremos del mundo a los desertores. Luego de ello, se percató de la presencia de mi mujer, y una sonrisa pícara iluminó su rostro. Sin dejar de mirarla, comenzó a llamarme pecador, a increparme diciendo que en los días que el Señor se guarda para su eterna gloria, como aquel en el que íbamos a desterrar a los musulmanes, prohibido estaba el fornicio, y que aquella hembra de baja moral que estaba tentando a la tropa merecía ser castigada. Y casi no había acabado de soltar aquellas sandeces, que cogió a mi esposa del brazo mientras juraba que a esa blasfema le iba a enseñar un hijo de Dios el recto cayado de los misioneros. Yo no soy ducho en el lenguaje ni en los dobles sentidos, pero aquello lo hubiera entendido hasta mi asno, así que no dudé en ser yo el que le enseñara al clérigo lo firme que era mi vara, y le estuve atizando, entre alaridos de herejía y blasfemia, hasta que se perdió en el horizonte.
Cuando volví con mi dama, unos gritos de jolgorio y algarabía se escucharon en lontananza. Yo no sé si ganaron moros o cristianos, pero el fulgor de mi lid con el abad complació enormemente a mi señora, y, en su lujuriosa demostración, aquellas voces de alegría parecían animarla al desenfreno. Y así, extasiado, pensaba yo que ya habría tiempo para arrepentimientos, que mientras mantuviese mi alma en la piel, quería a los clérigos bien lejos, a los guerreros matándose por mí, y a mi mujer, en posición de insubordinación natural. 

Para el regreso del blog, elijo este relato. 3er premio en el III Concurso de Relato Románico Digital. 

El regreso

Me adelanto a los buenos propósitos de año nuevo. Tras un año y medio con el blog parado, he decidido quitarle las telarañas y volver a darle un poco de luz. Arranco con la idea de que sea más versátil y algo más diverso en sus contenidos. Probablemente no consiga nada de eso y, como todo buen propósito de año nuevo, me canse a los dos meses. Pero también puede que no. Apostaré por esto último.

viernes, 25 de julio de 2014

Temporales


Durante unos segundos, todo sucedió a cámara lenta. Se miraron, y mientras se bebían el alma a través de los ojos, frenaron el mundo. Luego, al abrazarse, el tornado se abrió paso a su alrededor con furia desenfrenada; como si el tiempo quisiera recuperar lo que le habían robado. Aquellos que anhelaban ese mismo abrazo cayeron víctimas del huracán de su amor, y mientras el aire agrietaba su piel, el dolor desquebrajaba sus almas. Entonces, cuando ya se creían muertos, cuando cedían sin oposición al vendaval, fueron recogidos por manos que ansiaban su calor con la misma necesidad que ellos buscaban aquella caricia robada. Algún día se girarían, y entonces descubrirían, fascinados, que ellos también eran deseados con la fuerza de un ciclón.

Con estas frases, me subo al carro del Viernes Creativo del que tanto bueno he leído.

domingo, 15 de junio de 2014

Amor originario


Te observo con gesto osado, casi altivo. Tantas veces he dibujado este momento en mi imaginación, que me presento ante ti con la audacia de quien conoce sus pasos. Tú, inmaculada, te entregas a tu primera vez. Te enfrentas a la emoción primitiva de la aventura, y la vivirás de la mano de alguien experto. Tiemblas ligeramente cuando poso mi mano con delicadeza sobre tu piel desnuda, y noto como, en silencio, me pides más mientras recorro tu cuerpo con pasión, con firmeza. Disfrutas de tu deseo, ardiente, febril. Me recreo en ti durante horas, y tú, entregada, vuelas a las nubes y te sujetas en ellas con hilos de ambrosía. Caes extasiada sobre la mesa al tiempo que rubrico mi firma sobre tu cuerpo. Te miro satisfecho y sonrío. Eres mía. Soy tuyo.
Cierro el bolígrafo y te guardo en la carpeta, junto a mis otras amantes.